Enhorabuena, hija, por tu nota en Selectividad. Perdón por tu infancia perdida

 

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Empiezo esta carta desde los dictados del corazón. Perdóname hija mía, porque en un día lleno de alegrías, yo siento en lo más profundo de mí una enorme tristeza y necesito compartir contigo estas palabras.

Día de notas hoy. Día de números, día de asignaturas, día de resultados. Los tuyos hija, han sido buenos, según refleja la pantalla del ordenador. Así lo han dictaminado los calificadores de la PAU 2016. Una nota alta, más que suficiente para entrar a cursar la carrera que tanto deseas.

¡Enhorabuena, hija mía! No te felicito por la nota. Te felicito porque el resultado obtenido te llevará a algo que consideras te hará feliz: la oportunidad de seguir trabajando, luchando y esforzándote por aprender…

Pero ante todo, quiero que sepas que necesito pedirte perdón. Considero que has invertido tu infancia, tu adolescencia… tus mejores y más tiernos años dirigidos y destinados a aprender. Ha sido como llenar un tarro poco a poco de conocimientos, no siempre los mejores, pero siempre los necesarios e impuestos para perseguir una maldita nota. Así lo han dictado las circunstancias del espacio y tiempo en que naciste.

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Pippi, Matilda y Punky: las niñas sin madre

 

Pippi-Långstrump.-Imagen-SVT.

 

 

Pippi Långstrump va hablando con su madre. Le han dicho que es huérfana —entre otras muchas cosas—, que su madre está muerta. Pero Pippi sabe que no, sabe perfectamente que su madre está en el cielo, y por eso de vuelta a casa le va contando lo que ha hecho durante el día. Un absoluto desastre, eso es lo que ha hecho durante el día. O al menos a ojos de los demás, esos seres civilizados y elegantes, vestidos con calcetines parejos y ropa limpia. Sus amigos la han invitado a merendar a casa, y ella se ha puesto nerviosa, porque nunca la han invitado a casa de nadie, ni a merendar ni a nada, y pasa lo que ella creía que iba a pasar: que no ha sabido comportarse. Pippi es una persona extravagante y las señoras que toman el té la miran con lástima, porque Pippi a la fuerza da pena: vive sola con un caballo y un mono, su padre es pirata y no lo ve nunca, y su madre está muerta. Visto así, es normal que las vecinas la miren con compasión. Pippi ha probado los pasteles con los dedos, ha volcado copas, ha tirado de la alfombra hasta hacer caer a las señoras que charlaban sobre ella. Ha avergonzado a sus amigos, que todavía no son los Tommy y Annika que más tarde querrán escapar de casa y desobedecer.

Matilda no tiene con quién hablar, porque su madre no está en el cielo, está frente al televisor y la ignora. Lista, lista y más lista, ha nacido en la familia equivocada aunque no se sepa cuál es su familia ideal. La niña lee, suma y memoriza antes, mucho antes de lo previsto, y no tiene el apoyo en casa que debería. No tiene un caballo ni un mono, por ejemplo, con quien hablar, ni una madre ausente, idealizada. Cuando Matilda va a la escuela o entra en una biblioteca, se da cuenta: eso es lo que ella necesita. Ni compañía ni protección, sino libros que le enseñen todo lo que no puede enseñarle la televisión de su casa, encendida de forma permanente. Es rara, Matilda, para ser una niña tan pequeña, pero como en todos los cuentos felices, da con su igual: la profesora maternal, sola, dulce y guapa que la comprende y la ayuda a conseguir lo que ella desea. Matilda no solo es lista, también tiene magia. No es una magia como la de Pippi —su fuerza descomunal, la capacidad de volar sobre su cama—, pero es también una magia divertida. Consigue amedrentar a las profesoras del colegio malas y feas. Es una magia inofensiva, igual que la inteligencia de Matilda, igual que su madre adoptiva —su maestra.

Punky Brewster no tiene ni una madre en el cielo ni una madre frente a un televisor: tiene una madre que la ha abandonado, de quien sabe muy poco, a quien empieza idealizando y acaba borrando de su vida de un plumazo. No tiene un caballo pero sí un hombre que podría ser su abuelo ejerciendo de padre, y tampoco tiene un mono pero sí un perro fiel e inseparable que la acompaña desde que la dejaron en un supermercado a su suerte. Punky es una niña tierna que se mete en líos infantiles asumibles para los que la veían a los siete, ocho o nueve años. Son meteduras de pata que quedan en nada si lo comparamos con viajar en una cama voladora para rescatar a tu padre el pirata, encerrado en un torreón y secuestrado por otros piratas. Punky es lista, pero no de una inteligencia como Matilda. Es lista como son listos los adultos: maneja las emociones y hace llorar a los telespectadores más sensibles. Juega con esa pena que Pippi rechaza, con la que Pippi juega y le quita hierro. A efectos prácticos, son dos huérfanas: a una nos la dibujan al principio dentro de un melodrama y a la otra como casi una superheroína.

Las niñas raras

De todos modos, a las tres les va bastante bien sin sus madres. En los primeros capítulos de Pippi Calzaslargas sí hay alguna mención a la madre, para poder presentar al personaje, para poder justificar que una niña viva sola con dos animales: Pequeño Tío y Señor Nilson. A Matilda le va infinitamente mejor cuando no está con su madre, y finalmente la cambia sin soltar una lágrima por su profesora. Punky ha añorado a su madre tres capítulos, después la ha sustituido por Henry. Si escarbas un poco más, y ya no solo en Disney, te das cuenta de que las niñas sin madre son muchas, y que a todas les va bastante bien con un mono, un abuelo, un padre o una madre adoptiva. O solas. ¿Por qué? Las niñas son niñas raras, niñas libres, y en las series o las películas, las madres coartan esta libertad. ¿Qué pasaría si Pippi viviera con su madre? Que le diría que se lavara los pies, como la madre de Annika y Tommy les dice a sus hijos. ¿Qué pasaría si Punky viviera con su madre? Que su madre no la dejaría cambiar toda la habitación a su antojo, o que le diría que se pusiera los calcetines igual. ¿Qué pasaría si Matilda viviera con su madre? Que estaría todo el tiempo viendo la televisión y no leería ni un libro. LEER EL ARTÍCULO COMPLETO

Los experimentos que demuestran que es posible quitar los deberes

 

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Hubo un tiempo, no tan lejano, y desde luego mucho menos moderno, en el que los deberes escolares estaban prácticamente prohibidos. Por ley. El 18 de octubre de 1973 el Boletín Oficial del Estado (BOE) publicaba una resolución del Ministerio de Educación y Ciencia que establecía en su primer punto que “los programas de los centros serán elaborados de forma que eviten como norma general el recargo de actividad de los alumnos con tareas suplementarias”.

Consideraba el ministerio que “la extensión y naturaleza de estas actividades no han sido, ni son, las más adecuadas para la correcta formación de los educandos”. Aquel principio se abandonó con las nuevas leyes educativas y hoy en día los deberes son un elemento más del sistema educativo prácticamente desde la etapa de infantil. Se asumían como necesarios, casi nadie se cuestionaba su utilidad y/o conveniencia.

En los últimos tiempos se ha reabierto el debate. Las familias agrupadas en Ceapa, la confederación estatal laica de Ampas, no los quieren. Han pedido que se retiren por sistema para las edades más tempranas porque, afirman, generan desigualdad, consumen las horas libres de los menores, crean conflictos familiares… No son los únicos. Hay profesores que también prefieren no ponerlos, y colegios enteros que están mudando hacia una metodología que excluye las tareas en el hogar por sistema o al menos cambia mucho cómo se enfocan.

Prohibido hacer deberes

Uno de los casos más extremos es el del CEIP Aguamansa, un centro público canario que incluyó en su proyecto educativo -la guía que marca el trabajo y objetivos de un colegio- que no se pondrían deberes a los alumnos. LEE EL ARTÍCULO COMPLETO

 

 

¡Queremos jugar en la calle!

 

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¿Cuándo fue la última vez que vieron a un grupo de niños menores de 12 años en la calle sin la compañía de algún adulto? Vivimos en un país con un clima ideal para disfrutar al aire libre, una diversión que no supone gastos, donde lo único indispensable es contar con cómplices de juego. Entonces, ¿por qué los niños no juegan en nuestras calles?

Veamos posibles culpables y empecemos por uno de los más evidentes: la baja tasa de natalidad. En 50 años hemos pasado de las familias numerosas a la parejita, y de ahí a celebrar la llegada del hijo único, lo que complica el encuentro de compañeros de juego.

Siguiente sospechoso: la tecnología. Más de un adulto se ha sorprendido alguna vez refunfuñando sobre la adicción de los niños a las “alienantes” videoconsolas y videojuegos, mientras suspira recordando sus polis y cacos, el escondite o cualquiera de los juegos “de toda la vida”. Quizás este pensamiento recurrente de que todo pasado fue mejor esté grabado en nuestro ADN, pero ¿qué alternativas reales a la tecnología y al juego en espacios interiores tienen los niños?

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El mobiliario sí importa en la escuela

 

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Rosan Bosch (Utrecht, 1969) es uno de los rostros más visibles de la innovación educativa a través del diseño de nuevos espacios y mobiliario. Con más de una decena de colegios construidos en Dinamarca y Suecia (de ellos, nueve son públicos) o en ciudades como Abu Dabi, Bosch apuesta por la eliminación de las aulas con filas de pupitres mirando a una pizarra, por el derribo de los muros en las escuelas y por los espacios diáfanos en los que el niño decide dónde quiere aprender.

Su máxima es que los estudiantes tomen decisiones desde el principio y escojan lo que más les interesa, porque en el mundo actual, según la propia diseñadora, “ya no vale trabajar bajo las directrices de un jefe; el mercado demanda perfiles que sepan pensar de forma independiente y tomar la iniciativa sin miedo a equivocarse”.

Bosch estudió en un colegio Montessori, un método desarrollado a principios del siglo XX por la doctora italiana Maria Montessori basado en la idea de que los más pequeños aprenden de forma natural si se les permite seguir sus instintos. Pero su interés por la innovación educativa no le viene de ahí, sino de la desmotivación con la que sus propios hijos volvían de la escuela.

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