Una familia en bicicleta – Enviado por Cristina

Ulysse ha pasado seis de sus ocho años, viajando. Sylvie y Alain, una enfermera y un bombero franceses, regresan a casa después de recorrer 65.000 kilómetros en bicicleta. Portadores de un mensaje de paz, a la pareja les acompañó su hijo, Ulysse, de ocho años. Ésta es la historia de una aventura de más de seis años vista a través de los ojos del niño.

 ¡Lo hemos conseguido! Por fin, estoy en Francia. ¡Me habían hablado tanto de ella! Es mi país. Aunque, para mí, mi nación es la Tierra. Hace seis años que viajo con mis padres alrededor del mundo y no quiero parar ahora.

 Todo comenzó antes de mi nacimiento. Papá y mamá habían hecho diversos viajes, siempre con su tándem –una bicicleta hecha para dos– y un pequeño remolque. Pero desde que nací no me he separado de ellos. Cuando hacían marchas por las montañas, yo iba en una mochila acoplada a sus espaldas. Me gustaba. ¿Por qué, entonces, no ir más lejos? ¿Por qué no dar la vuelta al mundo? Lógicamente, no me pidieron mi opinión. Y cuando comenzaron a construir un remolque para mí, allí estaba yo. ¡Cómo iba a perderme una cosa así!

Me encanta cuando mis padres me hablan de lo que hemos vivido. Y a menudo me acuerdo de cosas que ellos han olvidado… Recuerdo los canguros de Australia. Una vez, acampamos durante varias noches en el mismo sitio y los canguros se acercaban cada vez más. Eran salvajes, pero venían a vernos, siempre que no nos moviésemos. A mí me costaba mucho estarme quieto, me daban ganas de acariciarlos, pero cuando vi sus patas, comprendí por qué los adultos dicen que pueden desgarrar, sin querer, el vientre de un niño.

Los aborígenes también me lo explicaron una noche en la que quisieron mostrarnos sus bailes. Llevaban todo el cuerpo pintado, hicieron una gran hoguera, cantaron, danzaron y soplaron por un tubo muy largo. Lo llaman didjeridu. Algunos le pintan figuras muy bonitas encima. Yo también dibujo, cuando dejamos de viajar, porque en mi remolque puedo hacer muchas cosas, pero no colorear. Porque podría mancharlo y Noël se enfadaría.

Noël es mi peluche. Mis padres me lo dieron cuando era un bebé. ¡Es tan dulce y tan bonito! Lo guardaré siempre. Ha dado la vuelta al mundo conmigo y siempre ha estado a mi lado cuando yo estaba triste. Todos dicen que está muy viejo. Pero a mí me sigue pareciendo precioso y mamá me dice que tengo razón, que incluso es más bonito que antes, porque en sus ojos y en su pelo lleva todo lo que hemos vivido juntos y además él también ha ayudado a difundir nuestro mensaje contra las guerras en el mundo.

Cuando estábamos en La India, mis padres me explicaron que en nuestro planeta hay gente que lucha y se mata entre sí por no estar de acuerdo con su religión o por otras cosas. Quizás sean demasiado débiles y quieran hacer ver que son fuertes haciendo el mal. Por eso hemos dado la vuelta al mundo por la paz. Porque, en el fondo, la gente quiere vivir tranquila. Los que están en guerra es porque tienen miedo. Como el que pasé un día en Sumatra, cuando un pequeño orangután salió de la selva huyendo de los incendios. Me hubiera gustado quedármelo y cuidarlo. Ya no tenía papá ni mamá y era tan dulce… Como Noël. Pero habría manchado todo mi remolque. Y tuve que elegir. Siempre hay que hacerlo. Me pregunto si hice una buena elección porque a menudo sigo pensando en él.

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