Educar con excelencia – Por Ileana Medina

Esperanza Aguirre, la recién re-electa presidenta de la Comunidad de Madrid, disminuye los gastos generales en educación pública, le pide más horas lectivas a los maestros, y crea un instituto público para los alumnos de mejores notas, llamado “bachillerato de excelencia”.
A la vez, un nuevo informe de la OCDE evidencia lo que todo el mundo ya sabe: la calidad de la educación en España está muy por debajo, incluso de lo que cabría esperarse por los recursos que se le dedican. Este informe lo dice claro: no es solo una cuestión de dinero, es una cuestión de MENTALIDAD, lo que falla es la forma de hacer las cosas.
“El sistema educativo español necesita una revisión profunda que no pasa necesariamente por la inveterada costumbre de derogar y dictar nuevas leyes, o de aplicar parches de dudosa oportunidad como el de prolongar la vida activa de los catedráticos de unas universidades envejecidas e incapaces -ninguna de ellas- de colocarse entre las 100 mejores del mundo.”, afirma a propósito el periódico EL PAÍS en su editorial de hoy.
Cada vez más padres buscan colegios con “pedagogías alternativas”, como la Waldorf, Montessori, High Scope, Pikler, etc…o incluso se deciden a escolarizar en casa, ante la evidencia innegable de las grandes lagunas del sistema educativo estandarizado. Todos esos métodos “alternativos”, aunque diferentes, tienen algo en común: están basados en la motivación y no en la obediencia, en la personalización de la educación, en ver a cada niño como algo único e irrepetible, cuyas potencialidades, intereses y cualidades deben ser respetadas y estimuladas por un maestro formado, sensible y con tiempo y capacidad disponibles para dedicarle atención personalizada a cada alumno.
El “bachillerato de excelencia” existía en la Cuba comunista de mi época (no sé si sigue existiendo). Eran las famosas Escuelas Vocacionales o luego Institutos de ciencias exactas (uno en cada provincia), en los que estudiamos yo, mis hermanos, y la mayoría de los amigos de mi lista de Facebook. Eran escuelas internas a las que se accedía por nota, con los mejores maestros, aulas espaciosas, laboratorios muy bien montados, piscinas, instalaciones deportivas, jornadas de trabajo agrícola, entrenamiento riguroso en concursos de ciencias (y también de lengua), y un horario y una disciplina bien rígidos. A finales de los 70 y en la década de los ochenta llegaron a funcionar “muy bien”: algo así como una mezcla de internado suizo de lujo con cuartel militar. Se exhibían a los visitantes extranjeros como muestra de la gran calidad del sistema educativo cubano.
Indiscutiblemente, crear centros de entrenamiento para alumnos de altas capacidades puede ayudar como dice Doña Esperanza, a crear los científicos españoles del mañana (que luego se irán a Estados Unidos, si no quieren vivir en España toda la vida con un sueldo de becarios -o en Cuba con un sueldo de indigente). ¿Por qué se van a Estados Unidos? Quizás algún atisbo de respuesta pueda encontrarse aquí. Allí si funciona de verdad esto de la meritocracia que tanto gusta a doña Esperanza.
Pero, suponiendo que el mundo pueda dividirse así, qué pasaría con el resto? ¿Es que el resto de los estudiantes, los que quizás no sirvan para científicos ni para genios informáticos, ni para estudiar del modo en que se enseña en los colegios, no pueden encontrar su lugar y su espacio en la sociedad para no engrosar las cifras del “fracaso” (escolar que significa social), para poder llegar a cultivar oficios y profesiones igualmente útiles?
El modelo de todo-el-mundo-graduado-universitario y-luego-directo-al-paro no funciona ya. Hay que posibilitar, sí, que un Sergei Brin o un Mark Zuckerberg pueda llegar hasta donde sea capaz sin mutilarlo por el camino. Y para eso quizás bien valgan los bachilleratos y universidades de élite, que por demás, han existido siempre, solo que predominando la aristocracia sobre la meritocracia.
Pero la segregación es contraria a la vida. Siempre habrá talento fuera de esas paredes, como siempre habrá mediocridad dentro de ellas. Y un sistema/organismo social se verá afectado, se verá mutilado de vuelta con un boomerang, si solo atiende a los que tienen posibilidades de “triunfar” en él según sus reglas del juego, y el resto se van marginando, condenando a la miseria o a la delincuencia. Es como si sólo nos miráramos la cabeza, para luego morir de cáncer de pecho o de colon.
Porque no sólo los alumnos “brillantes” se ven afectados por el sistema, nos vemos afectados todos: El que quizás hubiera sido feliz siendo bailarín, y lo obligaron a sentarse en una clase 8 horas al día desde los 6 meses de nacido, y como se movía mucho, lo calificaron de “hiperactivo”. El que a lo mejor hubiera sido un gran jardinero, pero eso de ser jardinero no entraba en las expectativas de sus padres. El que es feliz siendo maestro y haciendo una importantísima labor social, pero se siente muy mal pagado y puteado por todas partes.
Más temprano que tarde, el sistema educativo español, norteamericano y de todo el mundo, tendrá que hacer caso a Sir Ken Robinson y pasar del sistema homogeneizador de la era de la industrialización (la segunda ola, según Toffler), al sistema de la tercera ola, de la creatividad, de las emociones, de los placeres… de que cada niño y cada joven encuentre ese juguete que lleva dentro, ese talento innato para hacer algo único e irrepetible. Pero para eso, han de unirse varios cambios:

-Más recursos dedicados a la educación, aunque parece ser que el dinero no es el problema al menos en España: se puede hacer mucho mejor con el mismo dinero (es como lo del parto, es más barato, seguro y saludable parir natural que parir tecnologizadamente, ¿entonces por qué no dejar que las mujeres paramos libremente, si podemos?)
-Más creatividad, menos aulas encerradas, espacios más abiertos, más contacto con la naturaleza y con la realidad social que rodea a las escuelas.
-Menos alumnos por maestro. Pero el problema es que para que haya tanto maestro como se necesita, hay que cambiar también “la forma de formar” a los maestros: la docencia está llena de graduados universitarios sin otras salidas que buscan -legitímamente- asegurarse un sueldo, y que encima se encuentran con la falta de respaldo y reconocimiento social de su labor, y se convierten en el paradigma de la antipedagogía. Ellos son víctimas también del sistema, que les baja los sueldos, les mete a los niños demasiadas horas encerrados en un aula, no les controla ni les ayuda, y les responsabiliza luego totalmente del fracaso.
-Necesitamos maestros no ya solo con la formación y la capacidad real y legal de trabajar en las aulas con más talento y creatividad, sino también con la sensibilidad y la capacidad emocional para atender a cada niño como ese niño merece y necesita: desde el punto y la situación en la que está. O sea una “masa crítica” social que aún no tenemos, o quizás nos sorprenderíamos de tenerla.
-Cambiar el sistema de valores: un maestro, aquel que cuida y educa desde la más tierna infancia a aquello que más queremos, tiene que ganar más y tener más apoyo social y prestigio que un ejecutivo de la banca. ¿Cómo es que damos a ganar dinero a los banqueros, y no a quienes cuidan y forman lo más preciado de la sociedad?
-Plantearse la posibilidad de combinar la enseñanza escolar con el sistema medieval de aprendices de oficios. Revalorizar los oficios tradicionales. Abrir la escuela a la vida que hay ahí afuera. Aumentar la formación profesional por encima de la formación universitaria.
-Trabajar la excelencia no solo intelectual, sino y sobre todo EMOCIONAL. Formar primero personas y luego profesionales. Que los alumnos sean capaces de convivir y respetar las diferencias, sin necesidad de crear guetos, que los alumnos inmigrantes, aquellos con ritmos más lentos o estilos diferentes de aprendizaje o por el contrario, los muy inteligentes, diferentes y creativos, no reciban burlas ni abusos de sus compañeros, y sí el apoyo necesario por parte del personal docente y de todo el mundo. Un mundo de colores, donde cada uno pueda ser quien es.
-Que el 51% de la población llegue al nivel de conciencia necesario para sostener, desde todos los ámbitos (político, legislativo, económico, administrativo…) un sistema educativo universal y gratuito como ese, que pueda generar más empleo, más satisfacción para todos, más pluralidad social, donde tengan espacio, reconocimiento y valorización social toda la gran diversidad de profesiones y oficios, que las personas tengan la posibilidad de volver a la creativa condición humana (como dicen por ahí, todos nacemos originales y morimos copia), y aprovechar la tecnologización para dejarle a las máquinas lo que es de las máquinas.

¿Qué tiene la pedagogía Waldorf o la pedagogía Montessori que no pueda incorporarse a un sistema de educación público de calidad? La respuesta es simple: nada. La conciencia, la libertad, el dejar SER a los niños, no matarles la creatividad y las ganas de aprender que traen de serie… de hecho es algo oficialmente reconocido por todos los proyectos pedagógicos. ¿Qué es lo que falla entonces? Necesitamos cambios que van desde la forma de nacer, hasta la forma de criar, hasta la forma de escolarizar, la forma de trabajar, la forma de mirar y la forma de amar.
El mundo se adentra en una nueva época que ya está trayendo más conciencia, más libertad, más respeto, hacia una nueva cultura del SER. ¿Cuándo llegaremos al centésimo mono? ¿De verdad en 2012? ¿Serás tú?

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