Salir del doble vacío

Verbo, de Eduardo Chapero-Jackson, es una una sugerente fábula sobre la soledad y la desilusión en que vive la adolescencia, contada con sus propios códigos. Es la historia del viaje iniciático de una adolescente que vive en el extrarradio de cualquier gran ciudad –afeada por la frialdad de los edificios y otros espacios–, con una familia aparentemente normal pero donde no encuentra respuestas a las múltiples preguntas que le asedian diariamente. Tampoco las encuentra en el instituto, donde no le ve ningún sentido a lo que le enseñan. Pero el film, lejos de instalarse en los tópicos más esquemáticos sobre esta etapa vital, reivindica la necesidad de encontrar la propia identidad, recuperar ideales y cambiar el mundo. Se trata de una metáfora de la época de vacío en la que están sumidos muchos adolescentes y jóvenes que no descubren en sus entornos cotidianos de socialización (demasiado afectados por el cinismo, el individualismo y la mercantilización) los estímulos suficientes para dar sentido a sus vidas. Para construir su propia identidad y para ir forjándose un proyecto de vida, lo cual repercute, obviamente, en el deseo de aprender, en los resultados escolares y, en definitiva, en su formación cultural, social y ética. Una buena parte del alumnado que fracasa y abandona los estudios lo hace por esta falta de empatía con la institución escolar.
Hay institutos que, desde hace tiempo, disponen de las fórmulas adecuadas para vencer el desaliento y la deserción escolar mediante tres estrategias simultáneas: activando la escucha, el acompañamiento, la tutorización y la cercanía con el alumnado; modificando el currículo, mediante una depuración de los contendidos, centrándose en los prioritarios y relevantes, y la introducción de enfoques interdisciplinares y globalizadores; y utilizando métodos y herramientas con los que el alumnado está más familiarizado, como las redes sociales.
A pesar de que no siempre las políticas educativas favorecen estos cambios, que la organización de los centros no los facilita o que la formación y cultura de sectores del profesorado no se prestan a ello, siempre hay soluciones desde la propia escuela, desde la llamada micropolítica escolar. No obstante, una buena parte de estos proyectos de vida exitosos se paralizan, se prolongan indefinidamente o se esfuman definitivamente frente a la realidad del mercado laboral, con un dato sobrecogedor: el paro afecta al 40% de la juventud.
Hay quien sigue estudiando y acumulando currículo y también quien tira la toalla. Hay quien llama cada día inútilmente a distintas puertas o quien huye al extranjero; cada día son más y, en algunas especialidades, se trata de los mejores profesionales. Y hay quien encuentra trabajo, con contratos basura y en destinos que nada tienen que ver con su profesión. Son cada vez menos los afortunados que logran un puesto de trabajo digno en su especialidad. Los remedios a esta situación solo pueden venir de la macropolítica. Pero esto sucederá cuando la política se imponga a la economía, a las leyes del mercado y al poder creciente de los bancos. Cuando la democracia pueda imponer como prioridad la atención de los derechos y servicios sociales básicos, atendiendo a criterios de equidad y justicia social. Lo demás es una quimera.

JAUME CARBONELL SEBARROJA, CUADERNOS DE PEDAGOGÍA

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