¿Quién no hace política?

Algunas autoridades han agitado, este principio de curso, las ya revueltas aguas de la escuela denunciando que en ella se hace política y que es indigno que haya docentes que se dediquen a comentar los recortes en sus clases, cuando lo que deberían hacer es arrimar el hombro, para combatir la crisis, y mostrar su solidaridad con los esfuerzos que hacen dichas autoridades para salir de ella.
Su discurso viene a decir que es inevitable apretarse el cinturón, y que también el profesorado, al igual que otros colectivos profesionales, es responsable de la crisis al haber vivido por encima de sus posibilidades.
No nos engañemos: todo el mundo hace política –por activa o por pasiva– al promover, priorizar, compartir o simplemente aceptar visiones sobre el mundo, valores y comportamientos, concepciones pedagógicas y metodológicas e intereses individuales o colectivos de diverso calado y legitimidad ética. Sí, que la escuela no es neutra es una de las primeras cosas que se enseña al alumnado de Sociología de la Educación, en los estudios de Magisterio.
Hay que celebrar que el profesorado esté comprometido –y más debería estarlo– con la política, en su versión más noble y poderosa, que se ocupa de los asuntos públicos de la ciudadanía, de las cuestiones que atañen al progreso cultural y moral de la humanidad y de la defensa de los Derechos Humanos y de la Infancia. Y, sin duda, el derecho a la educación es uno de los más sustantivos: que toda la población, sin exclusiones de ningún tipo, tenga acceso y disfrute de una educación de calidad. Y esto, hoy y aquí, significa, sobre todo, contribuir a la dignificación de la escuela pública, protegiendo los logros alcanzados durante las últimas décadas y preparándola para asumir los nuevos retos de presente-futuro, que no son pocos.
Pero hay una segunda razón que justifica este compromiso docente con la política: la relación de la escuela con la sociedad y con lo más relevante que ocurre en su entorno más próximo y lejano. El texto, cuando se enseña en el contexto –tal y como decía Freire–, se enriquece, se comprende mejor y se fija de modo más sólido en la memoria. Y esto sirve para el aprendizaje de la lectura, las matemáticas, la ciencia, la filosofía o el arte. Por eso, conceptos económicos como la hipoteca, el IVA, la deuda, el déficit público, los impuestos, las inversiones, los precios o los salarios, entre otros muchos, han de estar presentes en las aulas, en consonancia con el nivel de conocimientos del alumnado. Porque todo esto forma parte de su vida cotidiana. Ocultar esta realidad o maquillarla es poner la escuela contra el mundo. Es muy recomendable que se lean y comenten noticias de los periódicos, de otros medios de comunicación y de Internet, para conocer y contrastar opiniones y puntos de vista, para darse cuenta de que no hay un pensamiento único sobre el modelo económico para salir de la crisis; de que esta tiene sus causas y consecuencias –las evidencias son incontestables–; de que golpea dramáticamente sobre los colectivos más desfavorecidos, afecta progresiva- mente a las clases medias y protege, e incluso enriquece, de forma vergonzosa, a los sectores más poderosos. Así se fragua el aumento de las desigualdades y de la exclusión social.
También habrá que explicar al alumnado –y, por supuesto, a sus madres y padres– lo perjudicial que puede llegar a ser que las aulas se masifiquen; que tengan menos horas de tutoría o para acudir a la biblioteca o al laboratorio; que el profesorado sustituto no llegue a cubrir una baja hasta el undécimo día, o que se reduzcan drásticamente las becas y ayudas de todo tipo. Un conjunto de medidas que, de no mediar otras políticas públicas más potentes y generosas, hipotecarán aún más el futuro de una juventud abocada al paro o a buscarse la vida en el extranjero. Por eso, el profesorado ha de ser exigente, esforzarse en mostrar la realidad y tratar de transformarla. Este es el compromiso con la política, con mayúsculas, más allá de las miserias y mediocridades partidistas, con su mirada puesta en el corto plazo y en la obtención de un buen rédito electoral.

Jaume Carbonell Sebarroja
CUADERNOS DE PEDAGOGÍA

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