Despertando al dragón dormido

546592_288144607955209_1666018792_nA menudo nuestras intervenciones educativas están basadas en la desconfianza o el miedo. Hacia los niños, hacia nosotros, hacia la vida.
Los adultos dirigimos y pretendemos controlar la vida de los más pequeños. Les decimos qué hacer, qué aprender, por una gran falta de respeto, a ellos, a la humanidad, a la vida. Con más o menos paciencia, con más o menos amabilidad… pretendemos decirles qué, cómo y cuándo aprender.
Estamos demasiado ocupados y preocupados con nuestros propios objetivos y proyectos para los niños como para permitir y concebir que existan los suyos. Desvalorizamos todo el potencial que llevan dentro para construirse a sí mismos.
Desconocemos u olvidamos que cada ser humano dispone de un programa de aprendizaje propio, interno, valioso, único, vivo, legítimo… que necesita ser protegido. Que la humanidad viene preparada “de serie” para aprender, por naturaleza. Que cada niño viene totalmente dotado de una programación infinitamente más rica que la que le podamos ofrecer. Y que esa programación viene rodeada de dones o talentos e intereses únicos. Pero desconfiamos de los anhelos e intereses infantiles pues creemos que les llevarían a lugares poco importantes…
¡Qué pretenciosos somos los adultos que creemos tener mejor plan, mejor programación para cualquier niño que la suya propia!
Pero esa idea parte de la concepción desconfiada de los adultos, según los cuales los niños vienen a perder su tiempo jugando y haciendo cosas que no les convienen. Como si jugar no fuese un sofisticado mecanismo evolutivo de aprendizaje…
Madres y padres aceptamos sin cuestionarlo que otros saben lo que les conviene a nuestros hijos… Y que tienen la legítima autoridad de llevarlos hacia donde les “conviene”.
No importa lo que eso cueste. No importa si ese destino luego no es tan conveniente. Lo importante es modelar (más o menos suavemente), guiar (con más o menos prisa), adiestrar, adoctrinar, educar para llevar a los niños a donde “los que creemos que sabemos lo que les conviene” dictemos.
Pero ¿Y si no fuera cierto que existe alguien (aparte de cada propio niño) que sabe lo que realmente le conviene aprender? Los niños tienen unas necesidades propias (afectivas, motrices, sociales, de aprendizaje…) que quedan relegadas a un discreto segundo plano. Para mí, si un niño está interesado por algo –sea lo que sea- tiene todo el valor. ¿A caso los niños Charles Darwin o Gerald Darrel perdían el tiempo jugando con los insectos?
No todos necesitamos aprender lo mismo. Ni de la manera en que lo aprenden otros. Los niños son insaciables buscadores de experiencias vitales, continuamente encuentran nuevos retos y preguntas sobre el universo del que forman parte…
El conocimiento está interconectado, estrechamente ligado, en nuestro cerebro, en la vida misma y si para llegar a mi meta encuentro que necesito determinadas herramientas, las buscaré.
No necesitamos que nadie nos señale por qué cosas debo sentirme interesado. Y mucho menos obligarme a aprenderlas. El precio de esa obligación es que ponemos en riesgo el placer inherente a aprender…
Si cuando somos niños acallan nuestras propias decisiones, llegamos a adultos desconectados, esperando indicaciones ajenas… Y la Vida necesita que despertemos.
Nos sorprenderíamos si permitiéramos que cada ser siguiera su programa interno. Desde la fuerza invencible e infinita que te da la motivación interna. Una fuerza que me gusta equiparar a la del dragón.
Nos sorprenderíamos a corto y a largo plazo.
Nuestro mundo, nuestra sociedad, necesita personas con ganas vivas de aprender, con ideas únicas y diferentes. Gente apasionada y feliz en lo que hace.
Nuestro mundo no necesita más ovejas para el rebaño. Necesita dragones bien despiertos.
Es tiempo de abrirnos a nuevas formas de aprendizaje y a nuevas formas de acompañar este aprendizaje, sin apretujar, sin dirigir, sin recortar, ni estirar… Confiados… Abiertos de corazón y de mente. Acompañemos SUS necesidades, SUS demandas, SUS ideas, SUS aparentes locuras…
Apreciemos que los niños se hagan a sí mismos. Que construyan quienes quieren ser.

Cristina Romero
Maestra de educación especial, Logopeda, Psicomotricista y escritora

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Un comentario en “Despertando al dragón dormido

  1. maria delia cabral

    de acuerdo, hay que escuchar, y dejar espacio para el deseo y las inclinaciones del otro, pero ahora también está el problemano se si igual o peor que el deseo adulto de dirigir y controlar: el no deseo, el desinterés, el corrimiento del lugar de responsabilidad que le cabe al adulto

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